La carta del jefe indio

Cuenta la leyenda que aquel jefe indio de aquella tribu quiso defender su tierra del gran jefe blanco con tan solo una carta. Buenas tardes a todos, soy Eva Martínez Aguayo y de nuevo estoy aquí con mi sección que ya conocéis llamada Alrededor de la Hoguera. El fuego está encendido y como siempre os invito a que os acerquéis aquí junto a mí en esta tarde para esta vez contaros lo que una vez ocurrió y sigue ocurriendo.

Os quiero hablar de cómo la poesía y su poder sirvieron para expresar la admiración por lo que nos rodea, sirvieron para expresar el amor y el respeto hacia la naturaleza y cómo nadie puede arrebatarnos eso. Cómo el poder, la política y demás inventos del hombre pueden olvidar la esencia de lo que verdaderamente importa, de lo que somos y a lo que pertenecemos. Somos naturaleza, somos árbol arraigado a la tierra, somos el aire que acaricia las hojas de los árboles, somos el despertar de los animales cuando amanece y el último aroma que desprenden las flores cuando atardece.

Y todo esto que comparto con vosotros sucedió en 1854 cuando el presidente de los Estados Unidos de entonces quiso comprar las tierras de los indios Huamis. Os voy a deleitar leyendo la carta que el jefe indio escribió en respuesta a la pretensión del presidente. Jefe de los caras pálidas, ¿cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extravagante.

Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes se propongan comprarlos? Mi pueblo considera que cada elemento de este territorio es sagrado. Cada pino brillante, cada grano de arena en las playas de los ríos, los arroyos, cada gota de rocío, cada colina y hasta el sonido de los insectos, son cosas sagradas para la mentalidad y las tradiciones de mi pueblo. La savia circula por dentro de los árboles, llevando consigo la memoria de los Piles Rojas.

Los caras pálidas olvidan a su nación cuando mueren y emprenden el viaje a las estrellas. No sucede igual con nuestros muertos, nunca olvidan a nuestra madre tierra. Nosotros somos parte de la tierra y la tierra es parte de nosotros.

Las flores que aroman el aire son nuestras hermanas, el venado, el caballo y el águila también son nuestros hermanos. Los desfiladeros, los pastizales húmedos y el calor del cuerpo del caballo o del nuestro forman un todo único. Por lo antes dicho, creo que el jefe de los caras pálidas pide demasiado al querer comprar a nuestras tierras.

El jefe de los caras pálidas dice que al venderle nuestras tierras, él nos reservaría un lugar donde podríamos vivir cómodamente y que él se convertiría en nuestro padre. Pero no podemos aceptar su oferta, porque para nosotros esta tierra es sagrada. El agua que circula por los ríos y los arroyos de nuestro territorio no es solo agua, es también la sangre de nuestros ancestros.

Si le vendiéramos nuestra tierra, tendrían que tratarla como sagrada y esto mismo tendrían que enseñarle a sus hijos. Cada cosa que se refleja en las aguas cristalinas de los lagos habla de los sucesos pasados de nuestro pueblo. La voz del padre de mi padre está en el murmullo de las aguas que corren.

Estamos hermanados con los ríos que sacian nuestra sed. Los ríos conducen nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Para los Piles Rojas, el aire tiene un valor incalculable, ya que todos los seres compartimos el mismo aliento.

Si les vendiéramos las tierras, ustedes deben tratar a los animales como hermanos. Yo he visto a miles de búfalos en descomposición en los campos. Los caras pálidas matan a búfalos con sus trenes y ahí los dejan.

No entiendo cómo los caras pálidas le conceden más valor a una máquina humedante que a un búfalo. La tierra debe ser respetada. Enseñen a sus hijos lo que los nuestros ya saben, que la tierra es nuestra madre.

Lo que la tierra padezca será padecido por sus hijos. Nosotros estamos seguros de esto. La tierra no es del hombre, sino que el hombre es de la tierra.

Para nosotros es un misterio que ustedes estén aquí, pues aún no entendemos por qué exterminan a los búfalos, ni por qué doman a los caballos, quienes por naturaleza son salvajes, ni por qué hieren los recónditos lugares de los bosques con sus alientos, ni por qué destruyen los paisajes con tantos cables parlantes. ¿Qué ha sucedido con las plantas? Están destruidas. ¿Qué ha sucedido con el águila? Ha desaparecido.

De hoy en adelante, la vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia. Y con esta declaración tan bella, tan profunda, tan poética, paso a recitaros otras letras que hablan también de naturaleza, escritas por quien os habla.

A ellas las he llamado el lugar que habito. Habito en un lugar donde existe un maravilloso paraje. Todo es inmenso, grandioso, lleno de color y olor.

Los infinitos verdes se extienden en lo próximo y en lo lejano. Son un manto que cubre todo mi horizonte. Y ahí, en ese instante, en ese lugar, en ese tiempo, es donde la naturaleza te regala, te ofrece y se muestra.

¿Serán las mariposas lo que ven tus ojos, o los pájaros revoloteando, traviesos y curiosos, regalándonos sus cantos y creando esa perfecta armonía? ¿Serán los olmos los que te llaman ahora, susurrando y agitando sus ramas, movidos por el viento? Ese mismo viento que alienta las montañas y mece a las olas del mar. Ese viento que pertenece a todo, y a ti también. Ese viento que puede rozarte, susurrarte, despeinarte e incluso moverte.

Es palpable, pero no visible, como lo son las cosas importantes. Y ahora, cierra los ojos, y siente. Siente cómo formas parte de ese verde, de esos pájaros, de esas mariposas, de esa montaña y de ese mar que te habla.

Te habla de lo que eres, te inunda de paz y te deja que lo respires para sentirte libre y sereno, humano y salvaje. Que esta humilde y sencilla poesía sea la despedida de este rato que he pasado con vosotros, y que nuestra hoguera deje poso en ti, calando en tu corazón, y sirva para que volvamos a ser aquel hombre animal que habitaba en ese lugar llamado naturaleza.

Deseas que te avise cuando tenga algo especial preparado

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