Esa fuerza es una luz, una vida, una experiencia, una persona, un sentimiento, un dolor, una pérdida, una canción, una flor, un abrazo, una hoguera encendida, un frío norte, un sur cálido, una carta inacabada, una cara desconocida, un estremecer al tenerte, un beso de mis hijos, el cantar de un pájaro, la brisa de un paisaje, el color de una sonrisa…

Imagina que eres un barco. En cada amanecer partes del puerto y te adentras en el mar, en sus aguas frías y cálidas, en el ir y venir de las olas, en el final del cielo y la noche estrellada. Día tras día una desmesurada fuerza te empuja para adentrarte más y más en el profundo mar.
Esa fuerza es una luz, una vida, una experiencia, una persona, un sentimiento, un dolor, una pérdida, una canción, una flor, un abrazo, una hoguera encendida, un frío norte, un sur cálido, una carta inacabada, una cara desconocida, un estremecer al tenerte, un beso de mis hijos, el cantar de un pájaro, la brisa de un paisaje, el color de una sonrisa. Todo te llama y te empuja para no volver, para postergar la vuelta. Pero pronto aparece la tormenta con su furia atronadora, sus nublos cegadores y sus ahogos interminables.
El barco va a la deriva, a la merced del viento huracanado, los relámpagos fantasmas. El vaivén en el oscuro mar era pozo sin salida, gritos sordos de desastre anunciado. Pero la esperanza abrió aquella guía en medio de la oscuridad.
Esa torre majestuosa de destellos luminosos, esa que te inspira, que te socorre, ese faro que incansablemente te dice cómo has de volver. Volver al rumbo, a enderezar el barco y a remar sin descanso para poder seguir respirando, seguir soñando, seguir viviendo. El programa de hoy va dedicado a los faros, lo que representan para un barco, para un corazón, para un poeta.
La permanencia del faro firme en la costa mientras los desafíos en la vida quieren derribarlo. La voz silenciosa que guía a los navegantes perdidos en el vasto océano de la vida. Es la esperanza brillando en la noche recordándonos que su luz nunca se apaga.
A continuación os ofrezco la poesía del faro de Mario Benedetti.
A aquel faro le gustaba su tarea, no sólo porque le
permitía ayudar, merced a su sencillo e imprescindible
foco, a veleros, yates y remolcadores hasta que se per-
dían en algún recodo del horizonte, sino también porque
le dejaba entrever, con astuta intermitencia, a ciertas pa-
rejitas que hacían y deshacían el amor en el discreto
refugio de algún auto estacionado más allá de las rocas.
Aquel faro era incurablemente optimista y no estaba
dispuesto a cambiar por ningún otro su alegre oficio de
iluminador. Se imaginaba que la noche no podía ser no-
che sin su luz, creía que ésta era la única estrella a flor de
tierra pero sobre todo a flor de agua, y hasta se hacía la
ilusión de que su clásica intermitencia era el equivalente
de una risa saludable y candorosa.
Así hasta que en una ocasión aciaga se quedó sin luz.
Vaya a saber por qué sinrazón mecánica el mecanismo
autónomo falló y la noche puso toda su oscuridad a dis-
posición del encrespado mar. Para peor de males se de-
sató una tormenta con relámpagos, truenos y toda la
compañía. El faro no pudo conciliar el sueño. La espesa
oscuridad siempre le provocaba insomnio, además de
náuseas.
Sólo cuando al alba el otro faro, también llamado sol,
fue encendiendo de a poco la ribera y el oleaje, el faro
del cuento tuvo noción de la tragedia. Ahí nomás, a po-
cas millas de su torre grisácea, se veía un velero semihun-
dido. Por supuesto pensó en la gente, en los posibles
náufragos, pero sobre todo pensó en el velero, ya que
siempre se había sentido más ligado a los barcos que a
los barqueros. Sintió que su recio corazón se estremecía y
ya no pudo más. Cerró su ojo de modesto cíclope y lloró
dos o tres lágrimas de piedra.
A continuación leeremos la poesía de Emilio Prados, aquella que llamó Canción del Farero. Desde el balcón más alto de mi faro pesco con caña veinte metros de hilo y un anzuelo de plata.
Desde el balcón más alto de mi faro,
pesco con caña.
Veinte metros de hilo
y un anzuelo de plata…
Del último arco-iris, recortado
sobre la cartulina de la madrugada,
de limón y de azogue, pica un sargo,
colgándose en la percha de mi trampa.
(Debajo de mi torre
vive otra torre,
con su balcón redondo
y conmigo asomado a la baranda…)
Desde el balcón más hondo
de mi torre,
pesco con caña.
Veinte metros de hilo
y un anzuelo de plata…
La última poesía que os voy a recitar es de Juan Carlos Martín Ramos y se titula El Farero.
Cumplo al pie de las olas
mi misión en la tierra:
que mi faro dé luz
contra viento y marea.
Soy farero de oficio,
vigía a todas horas,
capitán de una torre
varada entre las rocas.
Paso el tiempo contando
de noche las estrellas,
de día las gaviotas,
los barcos que se alejan.
Pero nunca estoy solo.
Paseo con mi sombra,
converso con el mar,
escucho caracolas.
Por el aire dibuja
el humo de mi pipa
sirenas y veleros
que van a la deriva.
Y para despedirme os remuevo recuerdos y nostalgias que emergen adentrarnos en la voz de Carlos Goñi y su música con la canción El Faro de Lisboa. Os dejo con Revolver. Un fuerte abrazo y hasta el próximo programa.
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Ay, cada letra que te leo y escucho al mismo par!!, me veo en ese Faro y lentamente voy visualizando todo lo que vas contando.
Me relajo y me dispongo a ir hacia el interior de ese Faro, para seguir leyéndote y disfrutar de ese momento tan presente. GRACIAS Evadelaire, parto con esta PAZ, hasta lo próximo que nos quieras DELEITAR.
Y soy consciente del hábito de impacientarme ,por querer leerte masss.
Que bonito Eva , siempre me han encantado los faros .
En america Bart y yo hicimos un road trip buscándolos por la costa del Lago Míchigan.
Que bonitos recuerdos me has traído hoy !!!
Gracias y enhorabuena amiga 🥰